domingo, 6 de julio de 2008

MARÍA, SAGRARIO DIVINO


“Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te amamantaron…”

Deseo recordarles hoy esta alabanza de una mujer del pueblo al paso del Señor, para iniciar una reflexión sobre el profundo significado de la presencia de María en el propósito de la redención. María, madre de la iglesia, es el depósito destinado desde la creación a ser la depositaria y guardadora del cuerpo místico de su Hijo, Jesucristo. María es también un anticipado sagrario que ha de guardar al divino huésped, a Jesús Sacramentado, que habrá de ofrendarse en sacrificio y en alimento y bebida para el rescate de la humanidad. Y aún antes de ser engendrado, María es la patena que ha de recibir la especie accidental, el pan de la espera que habrá de devenir en el Cordero propiciatorio, cuya Sangre Preciosa será el signo de los escogidos para caminar hacia la Tierra Prometida. Y más, aún; porque no habrá pan si no hay harina; ni harina si no hay trigo; ni espiga si no existiese antes el grano fecundado. Y es en María, el grano escogido, que tendrá lugar la concreción del proyecto de Dios Padre, que se hace fecundo por la acción del Espíritu Santo para entregarnos el Pan Vivo, al Hijo del Hombre, al divino Maestro que responde a la alabanza de aquella mujer del pueblo enseñándonos que más venturoso es aquel que escucha la Palabra de Dios y la practica. No existe un rechazo ni una minimización de Jesús a la alabanza formulada en su honor a quien es su madre. Todo lo contrario, es una confirmación de aquella alabanza al tiempo que es una profundización del por qué María es Bienaventurada: ella ha sido la primera en escuchar la Palabra de Dios y la primera en practicarla: “Hágase en mí según tu palabra…” ha sido su respuesta; y en esa respuesta está reflejada toda la esperanza y la confianza de la humanidad, que espera al Mesías, como rebaño sin pastor.

Muchas otras consideraciones sobre el rol fundamental de María en la historia de la salvación podríamos realizar, todas conducentes a llevarnos a comprender el por qué María mereció no conocer la corrupción de la muerte y el por qué fue elevada al cielo en cuerpo y alma. Con el apóstol Pablo afirmamos que sin la muerte y la resurrección de Cristo, nuestra fe resultaría falsa y nuestra esperanza inútil. A mi juicio, tan cierto como aquello, es que de no haber existido esta disposición de María a ser la Madre del Salvador no habría sido posible para nosotros alcanzar la gloria de la resurrección.
La asunción de María constituye un anticipo de nuestra propia asunción a la Casa del Padre, en mérito no predestinado, como ha sido el caso de la santísima Virgen, sino según el cumplimiento que hagamos de la Palabra de Dios, en el mérito adquirido a través de nuestra vida terrena. En María encontremos el camino para llegar a Jesús; en María que escucha y acepta, en María que se transforma a sí misma en grano para transformarse en espiga; espiga que ha de transformarse en pan y en vid fecunda que ha de generar el vino, pan y vino que ha de transformarse en Cuerpo y Sangre del Señor; carne y sangre que se nos da en alimento como fuente de agua viva que ha de saltar hasta la eternidad.

Unámosnos a la alabanza del pueblo: “Bendita y bienaventurada tú, María, que aceptaste ser la madre del Salvador. Bendita porque te hiciste camino para encontrarnos con él. Haznos partícipes de alcanzarte bienaventurados en la gloria del cielo. Repite para nosotros tu enseñanza luminosa y guíanos para que podamos, como tú, hacer todo lo que tu Hijo nos diga. Amén”.